A Veces es Bueno Mirar Abajo

Había una notable diferencia entre quien aceptaba su enfermedad y quien, no. Existió una notable diferencia entre quienes maldecían a la enfermedad y entre quienes, adorando la oportunidad de estar con vida bendecían sus vivencias. La diferencia entre ellos y aquellos; ellos: pidiendo más y más, quejándose por lo que les “toco vivir”, sin comprender el por qué los que lo “tienen todo”, se quejan cuando se rompen una uña (se llama estado de conciencia). Aquellos: agradeciendo por lo que tenían y consumando la gloria a través del cero (de su origen), comprendiendo que la enfermedad va más allá de lo contado y explicado una y otra vez por los médicos.

Estaban los que siempre querían y veían para arriba: Ellos lo tienen todo; salud, no tienen problemas, son independientes, pero se quejan de cualquier cosa. También estaban los que consecuentemente veían hacia abajo y ahí abrían su conciencia: Muchas gracias vida mía, porque mi vida es, dentro de todo, vida; están los que nunca tienen asegurado si van a tener una comida por día siquiera, están los que viven sin hogar, alojados en algún rincón de la ciudad por la que todos pasamos, pero hacemos como que todo está bien.

Unos pensaron que por cada vez que se quejaban de la vida, se acercaban un punto más a la cura, pero no se daban cuenta que agregaban una enfermedad más.

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Algunos comprendieron que su vida jamás estará cerca de la perfección, pero que encontraron en su imperfección la acción que nace del corazón y que les otorga la razón del por qué seguir viviendo. No es anhelar lo más alto, es actuar por ser consecuente con lo que se hace y dice. Al final, todos vamos al mismo lugar, pero lo importante antes de llegar a ese lugar, habrá sido la previa.

Diego E. Salinas